viernes, 1 de marzo de 2013

II. JUAN PRECURSOR (Mc 1,6-8). LOS DOS BAUTISMOS (v.8).



La diferencia de «fuerza» entre Juan y Jesús se manifiesta en la diferencia de bautismo: Yo os he bautizado en agua, él os bautizará con Espíritu Santo. Juan subraya que el suyo es sólo preparatorio y que necesita ser completado por otro muy superior. Son los mismos individuos los que han de recibir uno y otro ("os he bautizado, os bautizará"). No podrán recibir el Espíritu los que no hayan roto con la injusticia del pasado.

La actividad del que llega (bautizar con Espíritu Santo) queda fuera del sistema religioso judío, como ha quedado la de Juan. No se pone en conexión explícita con ninguna promesa del pasado ni con ninguna de las instituciones heredadas. No anuncia una reforma por obra del que viene; por el momento indica su acción sobre los individuos, que completará la de Juan.

Es decir, para fundar esa nueva sociedad o pueblo es necesaria la ruptura con la injusticia propugnada por Juan, pero no es suficiente. Se requiere algo más, que se formula de un modo para nosotros un tanto enigmático: «bautizar con Espíritu Santo».

«Espíritu» equivale originalmente a «viento/ soplo/ aliento». En cuanto «viento de Dios», expresa metafóricamente su fuerza; en cuanto «soplo/aliento», su vida. Ambas metáforas van unidas (13). Por comunicar vida, adopta también el simbolismo del agua fecundante (14). El verbo «bautizar», asociado al Espíritu, lo asimila al «agua», y la oposición al bautismo de Juan (agua destructora) le imprime el sentido de «agua vivificante». Se concibe al Espíritu como una lluvia que empapa la tierra/hombre, comunicándole vida (15).

Aparece así la complementariedad de los bautismos, el de Juan y el del que llega. Bautismo/inmersión en el agua significaba muerte al pasado pecador; bautismo/lluvia de Espíritu Santo significa vida divina comunicada al hombre.

Se expresa aquí, por boca de Juan, el primer aspecto de «la buena noticia de Jesús Mesías, Hijo de Dios» (1,1): la comunicación al hombre, por medio de Jesús, de la vida divina. Es el aspecto individual de la buena noticia. La sociedad nueva requiere un hombre nuevo.

El Espíritu es llamado «Santo», calificación raramente usada en el AT (Sal 51,13; Is 63,10.11). Según los pasajes proféticos antes citados, la acción típica del Espíritu es crear un vínculo de fidelidad del hombre a Dios, paralelo al que une Dios al hombre (16). La obligación de la Ley quedará sustituida por el impulso interno del Espíritu.

El bautismo de Juan era insuficiente para asegurar la fidelidad a Dios en el futuro: no bastaba el propósito de cambiar de vida tantas veces fallido, ni el perdón de los pecados personales; se requería un cambio interior profundo. Únicamente el que puede comunicar el Espíritu podrá cambiar la situación definitivamente.
Dentro del pueblo judío, la actividad del que llega beneficiará a los que aceptan el mensaje de Juan. No va a renovar, por tanto, a la nación en cuanto tal, sino a los que opten contra la injusticia.

En síntesis: Juan aparece como precursor, es decir, como encargado de preparar la labor de Jesús, que ejecuta el plan de Dios para la humanidad. Esta consiste en la fundación de una nueva sociedad o pueblo, en la que la relación del hombre con Dios cambia sustancialmente. La nueva relación se formula como una infusión de Espíritu de Dios, fuerza divina de vida, que lo vincula con Dios internamente, no por mediación de una Ley. Resulta así una nueva calidad de hombres, que serán los que constituyan la sociedad nueva.
En su proclamación, Juan no explica las condiciones ni los efectos del bautismo con Espíritu Santo. A continuación sin embargo, en la descripción del bautismo de Jesús (1,9-11) señala Marcos analógicamente la índole del bautismo con Espíritu.

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13 Cf. Jue 3,10; 1 Sm 10,10; Is 63,14; Miq 3,8.
14 «Derraman>, JI3,1s; Is 44,3; Zac 12,10; «infundir», Ez 39,29.
15 Is 32,15-18 expone los efectos del Espíritu: «Cuando se derrame sobre vosotros un aliento de lo alto, el desierto será un vergel, el vergel parecerá bosque; en el desierto morará la justicia y en el vergel habitará el derecho: la obra de la justicia será paz, la acción del derecho, calma y tranquilidad perpetuas». Is 44,3 compara el Espíritu al agua que fecunda.
16 Cf. Ez 36,26s; Is 44,5. 

II. JUAN PRECURSOR (Mc 1,6-8). Juan, precursor (v.7).


A medida que bautiza a la gente, Juan se manifiesta como precursor (1,7: Llega detrás de mi), anunciándoles la llegada inminente de un personaje que el lector identifica ya con Jesús Mesías (1,1). En la figura de Elías (Mal 3,22), la motivación para la enmienda miraba al pasado: Moisés y la Ley. Juan prescinde de ese pasado. La motivación que propone mira al futuro, a la llegada del que bautiza con Espíritu Santo.

Juan describe al que llega por comparación consigo mismo, fijándose en tres aspectos: su calidad (“más fuerte”), su dignidad (“no soy quién”) y su actividad (“bautizar en agua - con Espíritu”). Se presenta en todo como inferior, deshaciendo cualquier equívoco respecto a su misión.

La expresión “el que es más fuerte que yo” incluye un significado jurídico: «el que tiene más derecho que yo». Esta expresión y la siguiente: «desatar la correa de sus sandalias», aluden a una institución legal que Marcos supone conocida de sus lectores, la ley del levirato, cuya finalidad era procurar descendencia al hombre que hubiera muerto sin hijos. La ley prescribía que el hermano del difunto se casara con la viuda y que los hijos que vinieran se considerasen hijos del difunto:Si el que «tenía derecho» a casarse con la viuda renunciaba a hacerlo, el pariente más próximo le quitaba la sandalia, indicando así que tomaba su puesto y se apropiaba de su derecho (10). El libro de Rut ofrece un claro ejemplo de esta usanza judía (Rut 3,7-9).
En el texto de Marcos, la mención de la sandalia alude a la existencia de un «Esposo». En la tradición profética de Israel, «el Esposo:» era una metáfora para designar a Dios y a su relación de fidelidad y amor al pueblo, representado bajo la figura de «la Esposa»(11). La misma relación Dios-pueblo habla sido llamada en tiempos anteriores «la Alianza», usando una figura jurídica.

Juan anuncia, pues, la llegada de un nuevo «Esposo», significando un cambio de alianza o de relación entre Dios y el hombre, que será prenda de fecundidad. Se indica así la esterilidad de la antigua alianza (12), y se insinúa la constitución de un nuevo pueblo, cuyos miembros han de dar su fidelidad al que, como Esposo, realiza la presencia de Dios.

De hecho, la respuesta de masas al pregón de Juan denuncia el fracaso de las antiguas instituciones. Por otra parte, la alusión a una nueva alianza no era del todo sorprendente para los contemporáneos de Juan; había sido anunciada por Jeremías 31,31-34: «Mirad que llegan días ... en que haré una alianza nueva con Israel y con Judá ... Meteré mi Ley en su pecho escribiéndola en su corazón, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo: ´Tienes que conocer al Señor', porque todos, grandes y pequeños, me conocerán ... pues yo perdono sus culpas y olvido sus pecados».

En Ez 36,26s aparece una relectura del texto de Jeremías, en la que interpreta la nueva Ley interior como el Espíritu de Dios: «Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo (cambio de disposición y, en consecuencia, de modo de actuar), arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según mis preceptos y que pongáis por obra mis mandamientos».

La gente podía esperar que Juan, que ha despertado su conciencia y ha hecho patente la situación de la sociedad, se constituyera en líder de un movimiento de reforma. Por eso el anuncio de Juan incluye una protesta: «yo no soy quién». Desengaña a la gente presentándose como mero precursor. Su tarea se limita a preparar el terreno al que llega. Su pregón mira a la conducta individual. El que llega, en cambio, tiene por misión constituir un pueblo, su actividad va a afectar a la sociedad misma.

No pronuncia Juan el título de Mesías, tan arraigado en la tradición y ya dado por Marcos a Jesús (1,1). De hecho, se prestaba a una interpretación política, que podía hacer olvidar el cambio personal. La alusión al «Esposo», en cambio, pone de relieve la relación de amor y fidelidad mutua entre Dios y el pueblo.

10 En Dt 25,5-10 la ceremonia tiene carácter infamante' en el libro de Rut lo tiene de adquisición. Véase. Alonso-Proulx, Las sandalias del Mesías Esposo: Bib 59 (1978) 1-37. Cf. Is 54,1,ss, en sentido metafórico.
11. Cf. Is 54,lss; Os 2, etc, El tema reaparece a lo largo del evangelio, particularmente en 2,19, donde Jesús mismo aplica a su persona la figura del Esposo. La esterilidad de la antigua alianza está figurada por la higuera sin higos (11,12ss).
12 Expresada en Ez 37,5-14 por la visión de los huesos calcinados, que han de revivir por la infusión del Espíritu. 

II. JUAN PRECURSOR (Mc 1,6-8). JUAN, NUEVO ELÍAS (v.6).



Juan aparece como un hombre no integrado en su sociedad, despreciador de las convenciones. Así lo demuestra el lugar asocial donde se establece (el desierto), la ausencia de todo rasgo identificador que lo relacione con sus contemporáneos (origen, familia, profesión), su manera de vestir y su alimento. 

El vestido de pelo había sido usado por los profetas (cf. Zac 13,4). La mención de la correa de cuero alude a 2 Re 1,8, donde aparece como rasgo distintivo de Elías. Marcos, por tanto, identifica en cierto modo a Juan con aquel profeta (cf. Mal 3,1.23). La sobriedad de las alusiones de Marcos se explica por la diferencia entre la misión que Malaquías atribuye a Elías: preceder a Yahvé mismo en su venida como juez (Mal 3,2-21.23s), y la de Juan, que no anuncia juicio, sino perdón y la llegada del dador del Espíritu. 

El alimento de Juan no era insólito en su tiempo. Los saltamontes podían comprarse en el mercado y se comían ordinariamente salados y con pan. La miel silvestre podía proceder de abejas salvajes o ser un jugo de naturaleza vegetal, como de las palmeras datileras o de los higos. La dieta de Juan no era, por tanto, desacostumbrada para sus contemporáneos ni particularmente ascética; es la de un nómada que vive sobre el terreno. Indica su independencia y separación de la sociedad circundante. Su fuerza está en este ejemplo de despojo y ruptura, que corresponde a su mensaje de ruptura con la injusticia. La asimilación a Elías, precursor de la llegada de Dios, significa que en la actividad de Juan representa sólo una etapa preparatoria.
En contraste con la de Elías, la figura de Juan no presenta en Marcos ningún rasgo de violencia. Su proclamación va a anunciar vida, no muerte ni castigo.

II. JUAN PRECURSOR (Mc 1,6-8).



He aquí el segundo cuadro de la sección introductoria: 

6 Juan iba vestido de pelo de camello, con una correa de cuero a la cintura, y comía saltamontes y miel silvestre.

7 y proclamaba:

-Llega detrás de mí el que es más fuerte que yo, y yo no soy quién para agacharme y desatarle la correa de las sandalias. 8 Yo os he bautizado en agua, él os bautizará con Espíritu Santo. 

Marcos presenta ahora un primer plano de Juan. Se perciben detalles de su persona (vestido y alimento) y se oye su voz. Evidentemente, su vestido y su dieta (1,6) no son cronológicamente posteriores a los bautismos, explican cómo «se presentó» en el desierto (1,4). La descripción no supone, pues, un avance en la línea del tiempo, sino un acercamiento del punto de visión, que amplifica y precisa la escena anterior (1,4-5). 

El modo de vestir presenta a Juan como un segundo Elías (2 Re 1,8), precursor de la llegada de Yahvé (Mal 3,23s); a continuación, Juan mismo se declara precursor (l,7s). 

En 1,2-5 aparecía Juan como punto de convergencia del AT y primera etapa en el cumplimiento de los dichos proféticos: el pasado apuntaba a Juan. En 1,6-8 se presenta, en cambio, como anunciador y precursor: el pasado, a través de Juan, se abre al futuro, a una realidad nueva.

I. JUAN, EL MENSAJERO PROMETIDO. RESPUESTA A LA EXHORTACIÓN DE JUAN (V.5).



La exhortación de Juan tiene enorme resonancia; se produce un movimiento de masas procedentes de toda Palestina, incluida la capital (Fue saliendo hacia él todo el país judío, incluidos todos los vecinos de Jerusalén). 

Como lo anunciaban los textos de Éxodo e Isaías citados antes (1,2s), el pregón de Juan provoca un éxodo (saliendo) ( 9). La tierra de opresión de donde parte el éxodo es precisamente el país judío, incluida su capital, Jerusalén, lugar del templo y sede de las instituciones religiosas y políticas. 

Al dirigirse hacia Juan, el pueblo muestra tomar conciencia de la situación en que vive. La voz del mensajero despierta la conciencia de la injusticia, y la respuesta masiva muestra que ésta invadía la sociedad a todos sus niveles. No van hacia Juan como pueblo organizado, sino como totalidad anónima donde los vínculos sociales no tienen vigencia. Son una masa de individuos que sienten colectivamente su condición pecadora y la necesidad de reconciliarse con Dios. 

También los habitantes de la capital acuden a Juan. El desierto está más cerca de Dios que el templo.
El hecho de «confesar sus pecados» (y él los bautizaba en el río Jordán, a medida que confesaban sus pecados) muestra que la religión y el culto oficial no reconciliaban con Dios. 

Los que acuden a Juan reconocen así que culto y templo coexistían con violencia, mentira y explotación (cf. Is 1,10-15). El pueblo mismo denuncia la inautenticidad del culto y la ineficacia de la Ley. 

La vasta respuesta suscitada por la llamada de Juan, da al fenómeno gran importancia social. El carácter público de la ruptura revelaba a cada individuo el vasto descontento que reinaba. Juan ha despertado la conciencia de la sociedad, haciendo que cada individuo se dé cuenta de la injusticia de las relaciones sociales en las que está implicado. Desde una situación de conformismo se pasa a un anticonformismo de masa, que experimenta la necesidad de un cambio, de una salvación. Así prepara Juan el camino del Mesías.
Juan los bautizaba en el río Jordán. Es innegable la importancia que tiene el Jordán en la historia de Israel como frontera que hubo que atravesar para entrar en la tierra prometida. El Jordán indica el final de un éxodo, anuncia el don de la tierra, meta de la liberación. Este sentido está señalado en el texto por la fórmula el río Jordán (única vez en Me), que se encuentra sólo en tres pasajes del AT (Nm 13,29; Jos 4,5; 5,1), indicando la frontera de la tierra prometida. 

El hecho de que el pueblo salga del país judío para acercarse al Jordán, donde Juan bautiza, indica la opresión que existe en la sociedad judía: la que fue tierra prometida se ha convertido en tierra de esclavitud, en paralelo con el antiguo Egipto. La nueva tierra prometida se encuentra fuera de los límites de Israel; el éxodo se realizará a la inversa del antiguo; no se pasará el Jordán para entrar en la tierra de la antigua promesa, sino al revés. Israel tiene que salir de sí mismo, abrirse a una realidad que está fuera de él. Se insinúa con esto que el exclusivismo nacionalista fomentado por la institución judía es contrario al plan de Dios. 

Pero Juan, que sitúa a este pueblo a la entrada de la nueva tierra, no puede hacerlo entrar en ella. Será la misión del Mesías que viene. 

El mensaje de Juan no ha sido de amenaza, sino de misericordia. Por su medio, Dios ofrece borrar el pasado pecador de quienes se propongan practicar la justicia. Aunque la proclamación de Juan tiene gran resonancia social, atañe en primer lugar al individuo. No manifiesta propósito de fundar escuela ni comunidad de ningún tipo. Se dirige a todos, para que cada uno cambie de conducta. Ahí termina su misión.
El antiguo éxodo consistió en la salida del pueblo como tal; en el que anuncia Juan participarán los que respondan a su invitación. 

En síntesis: La presencia y proclamación de Juan Bautista en el desierto de Judea expresa la condenación de la injusticia de la sociedad judía y la ruptura con sus valores. La misión de Juan se ve como preparatoria de una liberación que será efectuada por Jesús. 

La primera condición para que la liberación sea posible es sacar a la gente del conformismo en que vive, suscitando la conciencia de la injusticia y el deseo de salir de ella. Ese es el sentido de la proclamación de Juan. Se apoya para ello en elementos simbólicos tradicionales: el desierto recordaba a los judíos el primer éxodo liberador efectuado por Moisés y el amor de Dios experimentado en aquel itinerario (Os 2,14-16).
Para suscitar la conciencia de injusticia Juan recurre a un rito practicado entre los judíos, la inmersión en agua como símbolo de muerte a un pasado, es decir, de cambio radical de situación o de vida. 

Juan, sin embargo, no dirige abiertamente su crítica contra las instituciones mismas, se centra en la injusticia existente en la sociedad como tal a todos sus niveles. Pretende que la gente sea consciente de que la injusticia global del sistema tiene por base la injusticia de los individuos. La metáfora del éxodo significa un cambio de situación, la aspiración por una sociedad justa, pero ésta no puede hacerse mediante la mera reforma a nivel institucional, necesita el cambio de actitud personal de cada uno hacia los demás. 

La respuesta a la llamada de Juan es masiva, mostrando el descontento profundo que existía en los miembros de aquella sociedad. Además, al hacer público el reconocimiento de la injusticia personal todos toman conciencia de la extensión del descontento y de la aspiración por un cambio. Queda así preparado el camino para el que va a proponer el cambio, Jesús. Se dibuja ya que su misión será la construcción de una sociedad justa, compuesta de individuos que han renunciado personalmente a la injusticia.

9 El verbo «salir» utilizado por Marcos se usa en el AT para designar el éxodo de Egipto. cf. Ex 13,4.8; Dt 11,10; 23,5; 24,9; 25,17; Jos 2,10.

I. JUAN EL MENSAJERO PROMETIDO. PROMESA DE UN MENSAJERO. (vv.2-3).



Para describir la figura y misión de Juan utiliza Marcos textos del Antiguo Testamento bajo el epígrafe: Como estaba escrito en el profeta Isaias (1,2). 

Sin embargo, bajo el nombre de Isaías reúne Marcos dos textos distintos: el primero (1,2) está tomado de Ex 23,20, aunque su final revela el influjo de Mal 3,1; el segundo (1,3) está efectivamente tomado de Is 40,3. La cita de los dos textos bajo el nombre del autor del segundo sigue la costumbre del tiempo de no citar un pasaje profético sin apoyarlo en un texto de la Ley (8). 

La frase: Mira, envío mi mensajero delante de ti, reproduce casi exactamente el texto de Ex 23,20a. La siguiente: él preparará tu camino, está, por el contrario, más cerca de Mal 3,1b. Con este texto compuesto, el evangelista conecta el personaje principal, Jesús, con el tema del éxodo (Ex 23,20); al mismo tiempo, por el texto de Malaquías, caracteriza la misión del precursor como un juicio contra los defraudadores, explotadores y opresores, para que el pueblo, volviendo a una vida recta, restablezca su relación con Dios (Mal 3,1ss). 

En este texto (Ex 23,20 + Mal 3,1) es Dios quien habla, y se dirige a un personaje innominado (Mira, envío mi mensajero delante de ti), que, dado el título de la obra (1,1), se identifica con Jesús, Mesías Hijo de Dios. Se le habla de «tu camino» (él preparará tu camino), un camino determinado, implicando una meta perfectamente definida. Y este camino es el de un éxodo, que supone una liberación y una tierra prometida. Comienza a dibujarse «la buena noticia». 

El texto de Isaías 40,3 citado a continuación (v.3) introduce un cambio de escena. El mensajero anunciado se hace presente, localizado en un desierto. Lo que pide (preparad el camino) corresponde a la misión que Dios le había asignado (1,2: él preparará tu camino). El mensajero prepara exhortando a preparar: su misión no se realiza por la imposición o la violencia, sino mediante la persuasión. Preparar el camino del Señor (1,2s) significa, por tanto, abandonar la práctica de la injusticia. 

También este texto anuncia un éxodo (el camino del Señor); será el definitivo, porque va guiado por Dios mismo. Pero el camino del Señor (Yahvé) se identifica con el del Mesías (1,2: tu camino); es éste quien ha de llevar a cabo lo que, según la profecía, era obra de Dios. Se insiste en la apertura de una posibilidad de liberación. 

El mensajero está en el desierto y grita desde allí para que su voz se oiga fuera, puesto que el desierto está deshabitado. Su exhortación señala a todos un mismo cometido: preparad el camino, enderezad los senderos. Es decir, la liberación será un hecho si los oyentes responden al llamamiento del que grita.
Resumiendo los rasgos del mensajero (Juan) y del personaje anunciado (Jesús) que aparecen en los textos citados por Marcos, se tiene lo siguiente: 

a)                 Juan es el precursor del Mesías y el anunciador de un nuevo éxodo o liberación, que tendrá carácter definitivo; se trata, por tanto, de una salvación no meramente individual, sino social, a semejanza del antiguo éxodo que liberó al pueblo de la esclavitud de Egipto. Sin embargo, el éxito de esta empresa exige de cada individuo un cambio de conducta, renunciando a la injusticia con el prójimo. 

b)                Jesús es el Mesías; él llevará a término el éxodo definitivo, que conducirá a una nueva tierra prometida. Su obra es la de Dios mismo.



8 Cf. A. Farrer, A Study in Sto Mark, Westminster 1951,55.